martes, 7 de agosto de 2012

De primeras impresiones


Llegó la (siempre temida) primera clase. He de reconocer que es la vez que más nerviosa me he puesto en todo el viaje (aunque tampoco voy a negar que la preparación que he tenido para llegar hasta aquí ha sido más relajada de la cuenta; de hecho, demasiado tranquila para lo que soy yo. Será que tenía otras miles de cosas que resolver y otras tantas en la cabeza y el corazón en las que me apetecía más invertir el tiempo). El caso es que llegó el momento de enfrentarme a la clase sin saber muy bien qué me iba a encontrar, que es lo que verdaderamente da terror. El primer día te pone los pelos de punta. Me pasa cada vez que doy clase, me pasó aquel año en la universidad; también en Etiopía, y cada semana en la que tenía un nuevo grupo en la academia, el año pasado, y eso que era algo que me pasaba cada semana. Es algo parecido a la adrenalina de subirse al escenario y de tantos ojos mirándote, de que les gustes, de que te entiendan, de que les entiendas, de que sea suficiente lo que has preparado. Las primeras impresiones marcan, o eso dicen. Humor y pa'lante, ya que hemos llegado hasta aquí...

Empiezo feliz, con unas 10 mujeres, preciosas, se ríen escondidas en esos mantos de colores vivos que llevan; también están dos hijo de Ali, y Muhammad, al que ya conocí hace cuatro años y que en aquella ocasión no dejó de pedirme matrimonio, lo cual acrecienta mis nervios, no sé si por eso o porque es el único hombre en la sala. Respiro. Sonrío. Ali me hace la presentación y yo rescato palabras sueltas, de lo poquito que le entiendo. Y sigo sonriendo. Buenas noches, porque es lo que se tiene que decir ahora; buenos días, por la mañana; buenas tardes, después de comer. ¿Qué tal? Soy Alba, soy española, soy de Salamanca. ¿Y tú quién eres? Eres saharaui, eres de Smara. Encantada (pero Muhammad dice encantado).  Hasta que una de ellas me dice que no es saharaui, que es marroqui… Ali se sonrie. Le suelo preguntar mucho acerca de eso, de la relacion saharaui-marroqui, pero es mas bien parco en palabras en este tema. Eso y que intenta ser terriblemente diplomatico conmigo. Ya me ire enterando…

Pruebo la primera de las propuestas de aprendizaje basada en la autoestima: se tienen que dibujar. Se ríen, se ríen mucho. Yo me tranquilizo y, conmigo, empiezan ellas también a relajarse. Se dibujan con bonitos colores brillantes, grandes, en mitad del folio. Escriben sus nombres, entre risas. Unos treinta minutos después llegan ellos: 10 hombres, jóvenes, que se sientan justo en el otro lado de la clase; a algunos ya les conozco de aquel campamento. Introducción de nuevo, la presentación. La siguiente pregunta es obligada, para darle sentido a esta locura de haberme venido hasta aquí en mitad de un agosto en Ramadán: ¿por qué quieres aprender español? Ali me traduce: ellas, en frases más cortas, apuntan a la comunicación; ellos resultan ser en su mayoría licenciados, que con mucha más destreza, apuntan a sus estudios, su trabajo, la antigua colonia, la cultura española... Siempre me sorprende el grado de vínculo que tienen con un español que no quieren perder, frente a un francés que cada día les impone el gobierno marroquí. Ali se indigna porque Sáhara nunca fue colonia francesa, él habla español y quiere que sus hijos también lo hagan. Y aquí estoy. Creo. Vaya reto, no sé de qué manera juntar a estas 20 personas en una misma clase, 10 y 10 a partes iguales, sentados tan cerca y en mi primera impresión, tan lejos. Decido acabar la clase ya, solo con las presentaciones es suficiente por hoy. Mañana reestructuro, releo y replanteo. Y busco una fotocopiadora (y pruebo el disco duro donde, además de pelis, tenía material para las clases... Pero no existe el problema, existe la solución. O  “ma kein mushkil”, como dicen por aquí).

Salka, Mariam y la mujer de Ali, que se llama Rab`a, también están entre los pupitres. Las mujeres saharauis son maravillosas, matriarcas, especiales y siempre siempre envueltas en colores.

…..

Igual que decidí quitarme el reloj, he decidido dejar de preocuparme por la comida. No porque no tenga y pase hambre, si no por todo lo contrario. Llevo tres días comiendo por el día... y por la noche. Por el día porque no quieren que yo me vea obligada a hacer ayuno; por la noche porque es cuando me invitan a cenar con ellos. Desayuno, afortunadamente, solo con un café porque es el momento menos social de mi día. Como, normalmente con Mariam. Ceno en casa de Ali los banquetes que Rab'a prepara. Y... Re-ceno a las 2 o a las 3 de la mañana. No vale decir que no tienes hambre, que normalmente no comes tanto por las noches, que estás comiendo por ti y por todos tus compañeros. No vale, no. Porque si consideran que has comido poco, el siguiente paso es que te dan ellos mismos lo que opinan que deberías comer, te lo separan, te lo dan en la mano, te llenan varios vasos de zumo y... te lo comes, no hay otra. Así que he decidido tener otra filosofía, escaquearme cuando puedo y asumir cuando el resto del plan falla. La comida, igual que para mis abuelos, es para ellos algo de lo más importante que tienen y sentarte a su mesa, a su lado como una más, es un regalo que sé que me hacen y estoy bien decidida a no perderme nada de nada.

Las re-cenas las hago con Salka, en la fábrica; el otro día estuvo con nosotras su hermano, otros días Mariam y, anoche, Abdullah, el hijo de Ali. Aprendemos las dos a entendernos, a veces recurrimos a los diccionarios y nos reímos las más de las veces de nuestra mutua incomprensión. Ya me está empezando a dejar hacer cosas: fregar, encender el fuego,... nada del otro mundo. Pero aquí tienes que demostrar una mil veces que no eres una inútil occidental, aunque mis padres no me enseñaran a ser ama de casa. De hecho, una de las primeras preguntas que me hizo Rab'a fue si sabía cocinar... Yo me lo inventé, claro. Si ellos supieran...

Anoche Salka y yo compartimos confesiones: ella estaba hablando con su novio, su habibi, por teléfono, porque él vive en Casablanca. Y después me contó: es una especie de historia a lo Romeo y Julieta, entre un policía marroquí y una saharaui, ahí es nada. Cosa que, obviamente, la familia de ella no admite. Le estuve preguntando, ella me contestaba en árabe y... yo no entendía gran parte de la historia pero no importaba, porque se le ponía en la cara esa sonrisa de oreja a oreja, feliz y pletórica. Y para mí, eso era suficiente: disfrutaba viéndola, viendo su mirada, hablando de él, compartiendo conmigo casi el mayor de los secretos; al final, no importan tantos los detalles de la historia ¿no? Una vez mas entender que la comunicación va mucho más allá de cualquier palabra.


lunes, 6 de agosto de 2012

De siestas y tes


Salka, Mariam y yo conseguimos comunicarnos a través de los diccionarios. La mañana se hizo pesada en el inmenso calor. Leí un poco, hablé con Alí. Volví a leer. Les enseñé el Corán que me metió mi padre en el libro digital, y allí que estuvimos leyendo unos versículos, entre la técnica y la tradición. Tras la comida llegó la siesta. Las tres nos refugiamos en nuestros ojos cerrados ante la imposibilidad de ver nada en esta ciudad dormida al calor del ayuno: Salka lleva todo el día sin comer, así que, como dice la canción “duerme de día, dice que así el hambre engaña”; Mariam y yo nos echamos la siesta propia de la digestión.  Ali vino a por nosotras más tarde y, por fin, sentí algo de aire en la cara, aire del que entraba por la ventanilla bajada del coche; y sin duda, eso me espabiló. La llegada a su casa fue entrañable, con los niñxs, contentos, que nos saludan, efusivos por la novedad. Repetimos menú de ayer y se agradece ir conociendo las rutinas: harira, pizza, dátiles, los mismos zumos,... Voy cogiendo el ritmo. Pero, de vez en cuando, después de que los niñxs se hayan aburrido de dar saltos, y cantar y bailar a nuestro alrededor, vuelve el tedio del calor y de las horas que pasan. Ramadán es difícil: los días se hacen largos y calurosos y las noches, salvo oasis de relaciones sociales, y a pesar del fresco, más de lo mismo. Imagino que tienen hambre y sueño, o hasta a eso se acostumbran en el largo mes en el que están. Ya llevan más de 15 días en esta especie de vida al revés. En estos ratitos, echo de menos a algún compañero de viaje, para pasar las horas, hablar y aburrirnos en compañía. Ali está preocupado de que siempre esté bien, a gusto. Yo le digo que sí, claro; miro internet, veo la tele, hablo con él, bebo té, mucho té, y, de repente, me entra un sueño contra el que no puedo luchar, como tampoco luchan sus hijos que, uno a uno, van cayendo por entre los cojines de la casa. 

Lo que tiene viajar sola, como ya me pasó en Etiopía, es que pierdo un poco de independencia. Es como si nadie me dejara dar un paso sin ayudarme, sin llevarme, sin acompañarme. Y yo necesito tiempo para aclimatarme a todo este ritmo de calor y ayuno; ritmo, además, de pocas palabras porque aquí nadie sabe inglés y mi árabe chapurreado, aunque en aumento, nada más da la oportunidad de intercambiar unas frases anecdóticas, que son más entretenimiento del personal que verdaderas interacciones. La fábrica de cus cus está lo suficientemente lejos como para que necesitemos un coche y la casa de Ali tiene un camino lo suficientemente complicado como para desorientarme si quiero ir a algún sitio sola. Echo de menos a Anaí, y su capacidad de llevarme siempre por el mejor camino cuando yo me pierdo una y mil veces sin salir de una misma calle; con ella todo sería más fácil (por este y otros tantos motivos). Y me acuerdo de Fer y su inseparable callejero (y me pregunto si le sería tan fácil guiarse entre un sinfín de calles sin nombre). Y por supuesto, no puedo esperar la llegada de Carmen, aunque, espero que para cuando ella esté aquí, yo ya me haya espabilado lo necesario como para haber empezado a buscar sola, de noche, y en la tregua del Ramadán, las calles del centro de la ciudad donde no deja de haber animación hasta que vuelve a brillar la claridad.

Hoy Ali me ha dicho que deje de dar las gracias por todo, que soy una más de la familia. Me trae de vuelta a la fábrica, cansada, con ese no poder abrir los ojos, tras una siesta nocturna. Mañana le voy a decir que me acompañe a buscar cocacola para tener aquí conmigo; como tenga que dar clase con esta letargo mental que me traigo, la cosa no va a funcionar. Llego dispuesta a ducharme, pero, para sorpresa mía, sigue sin haber agua... mi gozo en un pozo. Ya van dos días. Paciencia, chica, me digo. Es lo que tiene emprender estas cosas sola... Hay que trabajárselo para hacerse un hueco en la rutina y, para encontrar uno en el desierto, en agosto y en Ramadán, el trabajo se vuelve sobrehumano. Pero bueno, de haber querido que esto fuera fácil, no hubiera llegado hasta aquí.

Por cierto, nada más empezar el día de hoy he decidido quitarme el reloj.

…..

La ducha cayó como agua de mayo, por fin. Por la noche parece que hasta las tuberías se ponen en funcionamiento. Salka y yo cenamos a eso de las 3 de la mañana, frescas y felices por esa ducha que ambas nos habíamos regalado. Mariam llegó un poco después, así que ya estábamos las tres en nuestro torreón de silencios y miradas. Por la noche se siente la brisa. Caímos redondas en nuestro suelo-cama de alfombras. Por la mañana, más que el sol, me despertaron las moscas; hoy hemos remoloneado más de la cuenta (total, ¿qué prisa hay por levantarse?) Mariam y yo nos tomamos un vasito de nescafé de desayuno. Y hace horas que las dos vuelven a estar dormidas. Me resisto a caer yo también, aunque a veces la tentación de cerrar los ojos es fuerte ¡No puedo pasarme el día dormida! Leo, preparo la primera clase de hoy: imagino si funcionará o no funcionará, si sabrán decir algo en castellano, si habrá una mezcla de edades difícil de llevar en un aula,... Hasta esta noche, no resolveré el misterio, así que decido que esas cuestiones no me preocupan más de la cuenta (nota mental: pedirle folios y pinturas a Ali).

Me levanto de entre los cojines y decido irme al comedor, donde seguro que, en la rigidez de la silla, me cuesta menos resistir el sopor. Decido ver una peli, de esas del disco duro; pero, ¡sorpresa! el disco duro no responde, parece que le falla el contacto (¿se habrá fundido por el calor?). Aborto misión peli. Salka y Mariam siguen dormidas. Creo que volveré a leer; tampoco hay mucho más que contar por aquí. Por la ventana no se ve ni un atisbo de vida, en esta especie de polígono saharaui de las afueras de Smara. ¡Se me había olvidado cómo se gestiona el aburrimiento! Bueno, es un tiempo para mí, después de todo... ¡Cuánto hacía que no me permitía el lujo de escribir, de meditar, de leer!  (Aunque lo de la peli me vendría divinamente; luego probaré el disco duro en el ordenador de Alí). Sí, sin fallo: voy a ponerme a leer de nuevo.

(P.D. Acabo de conseguir una cocacola :)

domingo, 5 de agosto de 2012

De memorias del desierto


En África una siente ese irremediable deseo de escribir, de plasmar lo que ve, lo que oye, lo que siente. África es sensorial: todo, absolutamente todo, entra por los sentidos: los colores de la ropa de las mujeres saharauis, el ocre, el rojo, el color del sol cayendo sobre el ladrillo; la espesura del aire que parece que se toca. El calor, los olores que van apareciendo poco a poco a medida que la oscuridad empieza a caer.

Llegué con una sonrisa de oreja a oreja, fruto más que probable de la despedida de Madrid y del recibimiento en El Aaiún. Al bajar del avión ya oigo mi nombre, seguido de “esbanoliya”, que es lo que soy aquí: una española perdida en medio del desierto. Me llevan a un hotel de un español, un piloto militar ya jubilado que decidió comprarle el terreno a un amigo saharaui para que no le embargaran todo lo que tenía; y así, decidió montarse un hotel. La ciudad permanece en calma hasta que la noche llega y los niños inundan con sus juegos la carretera. El dueño del hotel me dice que, a la vez que les enseño español, les enseñe a respetar a los coches... A mí eso me hace gracia, porque justo antes me había quedado embobada mirando la libertad de unos chavales que hacen el pino a sus anchas por las calles de una ciudad que, mientras se prepara para la cena, han hecho suya. Mi guía me lleva a dar un paseo por la ciudad. Ya se me había olvidado lo que es caminar por las grandes ciudades de África, su desorden, sus coches sin intermitentes, lo difícil de no chocarte y la sensación de que cuando se chocan contigo aprovechan y, de paso, te tocan más de lo que permite el decoro. Y la oscuridad. Desde Etiopía había olvidado lo que es caminar sin luz, o con la iluminación insuficiente de los coches y alguna que otra farola. De todas formas, y sin hablar demasiado, disfruto el paseo rememorando calles por las que ya anduve y lugares que ya vi, hace ya cuatro año.

Cenamos en casa de una amiga del guía. Son las tres de la mañana, las cinco en la península, y yo me siento morir de sueño. El menú es Tajine, de carne. Me esfuerzo por no comerla, por coger los al rededores pero, la misión es imposible: vigilan cada uno de los trozos que cojo, que desgarro con la mano (y de nuevo, recordar esa destreza de la mano derecha que, con el pan, arranca los pedazos de carne). Me separan los mejores pedazos de carne, me traen cubiertos ante mi incapacidad de salir airosa de tal hazaña. Y reflexiono que me espera un mes de olvidar el vegetarianismo porque elegir qué comer o qué no comer solo queda al alcance de los pocos afortunados que, cada día, vivimos con el privilegio de elegir lo que llevarnos a la boca. Más de la mitad del mundo, al sur del sur, agradece cada día poder alimentarse con algo. O Quizá es que soy demasiado cobarde como para pedir otro tipo de comida.

El dueño del hotel, al despedirme al día siguiente, me dice, en una especie de juego de palabras: que ensueñes mucho. Mezcla de enseñanza y ensoñación. Me gusta. Llegamos a Smara tras tres horas de viaje por una carretera que desaparece en determinados puntos bajo la arena. De vez en cuando, paramos, porque hay que rezar. A penas nos cruzamos con dos o tres coches en todo el camino. Llegamos con la oscuridad. A la entrada de Smara, hay un pequeño poblado de chabolas; al preguntar por él, más tarde, me han contado que son pobladores del norte, a los que el gobierno marroquí les paga todo para seguir colonizando esa parte del Sáhara; pero que se trata de uno de esos secretos a voces, de los que no se puede hablar en ningún sitio. Pregunto por la población saharaui, y me dicen que a penas llega a un 5%. Me enseñan un par de pintadas de los niñxs que dibujan en paredes y puertas la bandera del frente polisario.

En Smara me esperan Ali, anfitrión y ya viejo conocido, y su familia. La mesa está puesta: pizza, empanadillas, pasteles y pastas, zumo de aguacate y sandía, leche de camella.... Llevo todo el día en ayunas, yo también. Con Ali me siento como en “Ibrahim y las flores del Corán”, dando pequeñas dosis de sabiduría; no siempre estoy de acuerdo, pero me dejo llevar por lo que me cuenta, porque he venido a empaparme. Hablamos del Corán y de la crisis, del matrimonio, de mi programa de español, de las ganas que tiene de darle continuidad. Me pregunta por Criska, Raquel y Laura, compañeras del vuelo de entonces y rememoramos viejos tiempos de aquel campamento perdido entre las dunas de El Aaiún. La gente va y viene de su salón. Juegan a las cartas y beben té. A veces alguien me dice algo en árabe o en español y sé que más de uno de los que por allí han pasado me han vacilado un poco. No sé exactamente lo que dicen, pero me lo imagino rescatando alguna que otra palabra perdida de las que aún retengo en la memoria de mi escaso vocabulario. Y porque dicen eso de “esbanoliya” y sé que están hablando de mí. Alí me dice que me ve igual que hace cuatro años, y yo me río. Me dice que estoy más delgada, que antes estaba más rellenita.. Le digo que sí y no deja de sorprenderme ese aire de maestro que tiene, que sabe lo que te pasa y lo que te pasó incluso antes de que tú se lo cuentes.

Unas horas más tarde vamos en su coche y con sus hijos a ver el lugar donde me voy a alojar. Me han preparado unas habitaciones en la fábrica de cus cus, donde tienen una cooperativa de mujeres (que ahora están de vacaciones). Me enseña todo, con ese orgullo del que sabe que construyó algo desde la nada. Me enseña el aula donde el lunes empezaré las clases. Y llegamos a una parte del edificio vacía en la que Ali me dice: ¿qué crees que podemos hacer aquí? Le contesto, con lo más diplomático que, supongo, se me ha pasado por la mente, que las posibilidades son múltiples. Y entonces me dice que me quede allí con ellos, siempre; que tengo algo y que voy a dejar un vacío cuando me vaya. Yo sonrío y le prometo que buscaremos la manera de dar continuidad a todos los proyectos que se me empiezan a cruzar por la mente.

La cena me sorprende comiendo a las cuatro de la madrugada; creo que lo hago por inercia, porque ellos lo hacen y soy la invitada. Después venimos de nuevo a la fábrica, a dormir. Me acompañan Salka, que es de mi edad y es una de las encargadas de la cooperativa, y Mariam, de 11 años, hija de Ali. Dormimos entre alfombras y mantas, con las ventanas abiertas porque a esas horas ya entra un poco de aire que se agradece. El calor nos hace amanecer pronto para mi gusto. Tengo calor, y sueño, y parece que me he quedado atrapada en el día al revés de un campamento, como y vivo por la noche, aunque ni Mariam ni yo ayunamos y Salka se esfuerza por prepararnos algo de comer. Cuando Ali viene a vernos, le digo que tengo mucho calor y que eso me quita el hambre y que no estoy acostumbrada a comer tanto de madrugada. ¿Calor? Se sorprende él. Si solo hay 42 grados, eso no es calor aquí.

Hace un rato saqué mis diccionarios árabe-español y español-árabe para hacer más llevadera esta torre de babel que nos tenemos montada las tres, atrapadas en la fábrica de cus cus a las afueras de Smara... Poco a poco. Esta es tu casa, me dice Ali, y sé que en unos días yo también lo sentiré así.

sábado, 14 de agosto de 2010

TIC TAC

Parece que allí nadie nos enseña a ser ni a estar: solo sabemos hacer. Y aquí, hay que aprender a ser sin hacer nada, a estar sin ninguna actividad… A contemplar. A esperar. Las horas se juntan unas con otras. Y no, no es aburrimiento (no siempre) es… saber vivir el tiempo. En occidente hay una lucha inmensa contra el vacío: llenamos nuestro tiempo libre con ocio, con gente, con planes y, si todo lo demás falla, ponemos la tele para hacer que nos sintamos menos solos o evitar que pensemos demasiado en cosas que nos den más preocupaciones de las necesarias.

Cuando se recorren kilómetros de este gran continente se ven no poca gente sentada, mirando la vida… personas tiradas en el campo o en el arcén de la carretera. A la sombra o al sol… simplemente están ahí. Y no deja de llamar la atención al ojo occidental: ¡con la cantidad de cosas que hay que hacer y están… así, sin hacer nada! ¿sin hacer nada? ¿qué hay que hacer? Si han ido al mercado, han comprado o vendido el pescado en la lonja, si han terminado sus quehaceres diarios… ¿qué les queda?

Aquí uno tiene que aprender a sentirse incluso en el vacío. A observar y a ver. A disfrutar de los minutos que transcurren. A escuchar. A ser sin disfraces. A estar con uno mismo, que a veces, es lo más difícil.

martes, 10 de agosto de 2010

“Demencia es querer que las cosas cambien y seguir sin hacer nada”

Nada más salir del aeropuerto de Adis Abeba, se respira Etiopía: África huele a especias y a humedad. Al llegar, alguien me dijo que nunca dejas de recibir input en un país como este, un input que se percibe por todos y cada uno de los sentidos, así que mucho me temo que, aunque lo intente, va a ser difícil resumir todas y cada una de las impresiones de estos cuatro días. Sin embargo, algo me suena extrañamente familiar de otros vuelos por el norte de África. Y cuando me distraigo, alguien canta el “waka, waka” o suena Bisbal y su canción del mundial y, de repente, lo que parece lejano viaja cientos de kilómetros y se instala aquí, en medio de la nada. La humedad se cuela por todas partes y me deja con una temperatura en la que nunca tengo calor pero tampoco dejo de sentir frío… y duermo bajo cinco mantas como las de antaño, lejos de fundas nórdicas, mientras fuera se oyen la lluvia y el viento, las hienas y sus risas y, al amanecer, los cantos de la iglesia ortodoxa (que, para sorpresa del personal, duran más que la llamada a la oración de las mezquitas; dicen que durante los días de fiesta están horas y horas cantando sus rezos). La gente habla y cuenta cosas, mientras trato de ubicarme en esta nueva rutina (porque todo el mundo da por hecho que sabes lo que tienes que hacer). El tiempo pasa a otro ritmo, el día empieza a las 7 de la mañana y a las 6 de la tarde ya es noche profunda. Los niños están de vacaciones, así que juegan, se ríen e improvisan veladas, que se parecen tanto y tanto a las de cualquier campamento (casi me sé una de las coreografías que con tanta dedicación intentan enseñarme). Al final, los niños son niños en cualquier parte del mundo. Y, sin embargo, estos no son como cualquier niño, porque tienen una conciencia increíble de sus obligaciones y sus deberes: saben que tienen que trabajar para salir adelante, con una autonomía que sorprende. Y mientras tanto, descubro: como fruta de la que olvido su nombre al minuto y la comida se acompaña por enyera, una especie de pan amargo, y tiene un sabor intenso (a veces pica tanto, que hay que hacer verdaderos esfuerzos para comerla). El café no lleva leche y las cervezas las bebo sin limón. Los colores cambian. Los niños observan mi reloj, las pulseras que llevo, sonríen todo el tiempo y se sorprenden muchísimo de mi flequillo, que les parece de otro mundo mientras me tocan el pelo, porque es liso. Todo entra por los sentidos.

Este fin de semana, hemos ido a investigar otros lugares fuera del Centro en el que vivimos otros cooperantes y yo, con más gente española que viene a desarrollar proyectos. Es fantástico recorrer distancias en un autobús y ver cómo cambia el paisaje, la gente… Vemos el lujo y la miseria. Hablamos con las gentes y visitamos poblados que están cerca en la distancia pero que distan kilómetros en cuanto a medios y recursos. África es un continente de contrastes.

Y entre todo esto, trato de hacerme un hueco por todo lo que aún me queda por delante. Mucho me temo que veré pasar por aquí a otros tantos voluntarios que estarán en el centro un mes o quince días. Así que me lo tomo con calma, observo y me doy tiempo para asimilar. Esta tarde empezaré las clases de español. Como dicen los directores del centro: la única salida para el pobre es la cultura.

martes, 13 de julio de 2010

Bienvenida

Se me ocurre que vas a llegar distinta
no exactamente más linda
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauta
tan sólo que vas a llegar distinta

[...]

Ahora no tengo dudas
vas a llegar distinta y con señales
con nuevas
con hondura
con franqueza

sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas.

(Mario Benedetti)

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Carta desde África

"El problema está aquí, lejísimos de los grandes discursos, los conciertos solidarios, los famosos y los políticos concienciados, en estas míseras escuelas que cierran ámbitos en lugar de abrirlos. El problema es que tú y yo, que tuvimos desayunos, profesores y libros, competimos por los bienes del mundo con quienes jamás tuvieron nada de eso: en este maratón nos dan cuarenta kilómetros de ventaja. El problema real es que hacemos trampa"

El que parte y reparte, Gonzalo Sánchez-Terán

[Buscando darme una utilidad... ¿aquí?...]